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Viejo, mi querido viejo....

Lunes 8 de diciembre de 2025, por Eduardo Olivares Palma

Si no hubiera estado tan apurado por reencontrarse con el amor de su vida, Reinaldo Olivares, mi padre, habría cumplido 100 años este lunes 8 de diciembre. La carta que leerás a continuación fue escrita hace diez años, en vísperas de su 90° cumpleaños. Por diversas razones no se la entregué cuando era pertinente y, con el paso del tiempo, me olvidé de su existencia. Apareció hace poco, entremezclada con otras escrituras, . Como "por algo pasan las cosas", me pareció que debía compartirla. Reinaldo estuvo de acuerdo.


Querido» viejo :

Te empiezo a escribir esta carta que espero larga y enjundiosa justo un mes antes de tus noventa años. Como ya sabes, si todo va bien, “si Dios quiere” dirías tú, estaremos juntos en Calera el próximo 8 de diciembre. Por ahora, como muy a menudo en los casi 67 años que andamos juntos por la vida, estoy lejos, muy lejos, en el corazón de África. Trabajando con los jóvenes de esta pequeña localidad llamada Bayanga, en República Centroafricana, donde hemos creado una radio comunitaria que esperamos ayude a romper el aislamiento, la soledad y sobre todo la pobreza de la gente de esta región muy demasiado dejada de la mano de Dios.

Una pobreza como la de algunos barrios de La Calera que, cuando era cabro chico, íbamos a explorar con los Cuevas, los Cataldo y otros amigotes de la pandilla de la Población Cemento. Esos barrios hacían parte de lo que entonces llamábamos “poblaciones callampa”. Pobres, oscuras, sucias y, a veces, malolientes. Todavía recuerdo la sorpresa con que un día descubrí que en unas casuchas que estaban cerca del río, vivía uno de mis compañeros de curso en la Escuela Cemento Melón al que ninguno de nosotros le había preguntado donde vivía. Todavía veo su cara de desconcierto y de una mezcla de miedo y vergüenza. También recuerdo que, en una suerte de pacto de silencio, los que andábamos ese día decidimos, sin hablarlo mucho, no contarle a nadie en la Escuela. Nadie soltó la pepa.

Te cuento esto porque a menudo me pasa que cuando llego a lugares como Bayanga, siento como que me reencuentro con lugares conocidos, familiares. No solo por el aspecto sino por la mirada con que la gente de aquí observa – siempre con curiosidad, a menudo con cordialidad, pero a veces con un dejo de hostilidad - al que, como yo, llega desde lejos. Desde ese mundo que, para ellos, no es solo el de la riqueza sino, sobre todo – y en eso tienen mil veces razón- el de la riqueza acumulada a costa de ellos: el mundo blanco, el mundo europeo. Algo parecido a lo que te pasa a ti con los españoles.

En la foto, el lugar donde escribí la carta, en la República Centroafricana.

Pero pese a todas las distancias que nos separan y por mucho que no comprenda o no comparta muchas de sus maneras de ser o de hacer, no me cuesta mucho sentirme cerca de ellos. Como decía la canción de un gran cantante uruguayo llamado Daniel Viglietti: tanta distancia y caminos, tan diferentes banderas, y la miseria es la misma, los mismos hombres esperan.

Volviendo a nuestras propias “distancias y caminos”, siempre he creído que esto de mi destino patiperro comenzó en marzo de 1959 cuando tú y la mamá me fueron a dejar al seminario de San Bernardo. Tú tenías 34 años, yo tenía 10. Recuerdo que ese día te vi, por primera vez en mi vida, secarte discretamente unas lágrimas. Siempre he creído (o me he pasado el rollo) de que, con una especie de sabiduría intuitiva, estabas emocionado porque sabías o presentías que esa separación era el comienzo de una vida en que las oportunidades de volver a estar juntos se harían escasas. Que era, por decirlo de algún modo, el comienzo de un camino que era solo de ida.

Y así no más fue.

A la separación “sanbernardina” (1959-1960) siguió, años después, la porteña (1965), la penquista (1966-1972) la santiaguina (1973) y sobre todo la del exilio (1974 -1989). Y así, suma y sigue hasta el día de hoy en que, después de vivir 14 años en Chile, ya llevo 12 de vuelta en Francia.

A veces me da por pensar en cómo sería mi vida si el día que, en casa de la tía Cristina, me preguntaron si quería irme al seminario, yo hubiera dicho no.
Entretenido pero inútil ejercicio de especulación que no cambia el hecho de que, haciendo una suma rápida de los años pre-exilio, entre mis 10 y mis 25 años vivimos 11 años separados por distancias físicas que no siempre fue fácil acortar. Ni siquiera con un telefonazo porque a esas alturas ni Chile ni nosotros, los Olivares Palma, teníamos las facilidades de comunicación (telefónica por lo menos) que tenemos hoy día.

Pa’ más cacha”, como decía una expresión casi “soez” de la época, vino el golpe y los kilómetros ya no se contaron en cientos sino en miles. Tres veces en tiempos del exilio y tres desde mi retorno a Francia, hemos podido, tú o yo, atravesar el océano ir a ver al otro. Algunas han sido “visitas de médico”, otras, como la de ustedes el 2008 o la mía el 2014, han sido un poquitín más largas. Pero lo concreto es que hace mas de 56 años que vivimos y nos miramos vivir, amar, crecer y envejecer a la distancia.

Una distancia que hace difícil decir hasta qué punto nos conocemos de veras y hasta qué punto hemos tenido la posibilidad de saber, tanto como quisiéramos o debiéramos, de nuestras respectivas alegrías, temores, proyectos y preocupaciones.

Por otra parte, tú y yo sabemos que no solo la distancia física tiene la culpa de eso. También ha contribuido, y mucho, esa verdadero sello familiar que es el silencio. ¡Quédate calladito no más! Una manía pegada cual camión acoplado, a la obsesión familiar por el “no molestar”.

Obviamente, a estas alturas da lo mismo quien de nosotros echó a andar nuestra máquina de quedarse callado. Más aun, no creo que por el hecho de que tú seas el jefe de familia, el patriarca, todo lo que nos caracteriza a los Olivares Palma es de tu responsabilidad. Quien más quien menos, todos, empezando por la Embruquita, hemos participado en ese juego. Por cariño, por miedo al conflicto o simplemente por...no molestar.

En todo caso, el resultado es que, de una u otra manera nos hemos obligado a queremos sin conocernos mucho. Simplemente porque...nos queremos. Porque nos sentimos naturalmente orgullosos de hacer parte de la tribu que armaste con tu compañera y eso basta para querernos. De hecho y como bien sabes, algunos intentos por jugar entre nosotros al “juego de la verdad” dieron lugar a episodios dolorosos de esos que, creo yo, nadie quisiera haber vivido o volver a vivir.

Uno de los jovenes de la radio comunitaria que quiso saludar a Reinaldo en su 90° aniversario.

Viejo querido. Para serte franco, debo decirte que me resulta especialmente complicado hablarte de todo esto porque a menudo tengo la sensación de que los Olivares Palma “de Calera” - tú y la mamá, Willy, Marcelo y Angélica - son como el elenco estable de una obra de teatro en la que a veces me siento como un “artista invitado”. Una suerte de cometa que de vez en cuando se acerca a la tierra en que nació y creció. Esa sensación de ser un poco “ovni” es probablemente lo que me ha llevado, también a mí, a no decir todo lo que siento y pienso, a contar solo una parte de todas mis verdades, a callar todo lo que creo va a preocuparles innecesariamente. Y eso que soy el “comunicador” profesional de los Olivares Palma.

En todo caso no te urjas viejo querido. Al decirte todo esto no estoy preparando el terreno para hacerte una espectacular confesión o una inesperada revelación. dolorosa. Estoy simplemente queriendo evitar que pase mas tiempo sin que te diga que, pese a la distancia has estado siempre presente en mi vida; que, a tu manera, me has motivado e
inspirado pese a que nuestros caminos hayan sido tan distintos; y, sobre todo, me transmitiste valores que espero me hayan permitido ser una persona a la que, espero, no te arrepientes de haberla traído a este mundo.

Te quiero infinitamente papá.


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