mercredi 24 février 2016, par
Nos conocimos hacia fines de los 80’ en París. Él, acordeonista genial, « El Rey del Chamamé ». Yo, periodista en Radio Latina y, a ratos, cantante. Historia de un encuentro inolvidable con el gran Raúl Barboza.
Si mi memoria no me juega malas pasadas, la vida nos reunió poco antes de uno de sus conciertos en el « Trottoirs de Buenos Aires », ese verdadero templo de la música argentina en Paris. Lo invité a la Radio, lo entrevisté y accedió a tocar "dos o tres temitas" en directo durante el programa. Mientras miraba embelesado el ir y venir de su jadeante acordeón y descubría fascinado su destreza, su energía y la originalidad de su universo musical, se me pasó por la cabeza una idea loca. Pero rapidamente la deseché. Como desechamos (demasiado) a menudo esos impulsos y deseos que nos atraen y nos intimidan a la vez.
Por esos mismos días, con mi querido amigo/hermano Patrick Tandin andábamos preocupados de grabar algo de lo que habíamos hecho con la Typical Rural Band, una aventura musical que es uno de los grandes regalos que me ha hecho la vida a mi, que no soy músico. Destacaban en nuestro repertorio una serie de poemas de Neruda que yo había musicalizado a comienzos de los ’80. Con ellos habíamos creado un espectáculo llamado Voyage au pays du poète (Viaje al país del poeta). Y en septiembre de 1983, la radio France Culture nos había invitado a tocar en los programas especiales que habían realizado para conmemorar los 10 años de la muerte de Neruda.
Dado que en Chile las cosas "se movían" de manera tal que la posibilidad de un eventual retorno se cada vez más de actualidad, resultaba imperioso grabar las canciones antes de que fuera demasiado tarde.
No voy a lanzarme aquí en una tesis sobre mis relaciones con Neruda y su poesía. Solo diré que los poemas que elegí para musicalizar fueron el resultado de una mezcla de razones prácticas - los libros que tenía a mano - con razones...afectivas. Y sobre todo con la relación que muchos de esos poemas tenían con las emociones que me movían por aquellos días. Entre ellas, un sentimiento extraño de atracción/repulsión hacia Chile. Que por una parte se obstinaba en mantenerme alejado (recién en Mayo de 1988 fui autorizado a volver al país) y que, por otra, no solo era mi país y el espacio privilegiado de mis sueños de justicia y libertad, sino también una referencia constante, omnipresente en nuestro vida de exiliados : ça va le Chili ? ¿tiene planes de volver ?, eran preguntas diarias que a menudo no era capaz de responderme ni siquiera a mí mismo. Todo era muy confuso. Entre la poca información que llegaba en esos tiempos sin Internet ni redes sociales y con muchas precariedades, precauciones y autocensuras, no pocos eran los cuentos y comentarios que daban cuenta de que, por culpa de la dictadura, el país y la gente que estaban "muy cambiados y no necesariamente para bien". Cuentos y comentarios que a menudo confirmaban las primeras impresiones de quienes poco a poco empezaban a regresar o a viajar al "interior".
Andaba sumido en esa especie de "to be or not be" cuando me topé con El Pueblo, un poema que Neruda había incluido en su muy precoz Crepusculario (1923). En una de sus estrofas decía :
"El pueblo es gris y triste, si estoy ausente pienso
que la ausencia parece que lo acercara a mí.
Regreso, y hasta el cielo tiene un bostezo inmenso.
Y crece en mi alma un odio, como el de antes, intenso".
Y para que no quedara duda alguna de la "bronca" que lo animaba, en otra estrofa Neruda remachaba :
"Pueblo eres triste y gris, tienes las calles largas
y un olor de almacén por tus calles pasea,
El agua de tus pozos la encuentro más amarga.
Las almas de tus hombres me parecen más feas".
Mas allá de que el poema está dedicado probablemente a una suerte de "pueblo chico infierno grande", a mi me pareció que tenía todo que ver con mis emociones contradictorias respecto de Chile. Si algún reflejo de autocensura me asaltó o si alguna duda tuve pensando que tal vez "era como mucho" o que estaba siendo injusto con "Shilito", las disipé gracias a la coda final. En ella Neruda trata de "salvar" al pueblo "triste y gris" con una sentencia estremecedora :
"Pero ella vive aquí"
Nace una milonga...
Quienes me conocen saben que no soy músico. Que, con suerte, conozco unos cuantos acordes que me permiten "guitarrear" y "canturrear". Pero también es cierto que, a falta de poseer "el arte de las musas", tengo buen oído y gracias a mi trabajo en radio y a la suerte de haberme topado a menudo con excelentes y generosos músicos, tengo una cultura musical que me ha permitido crear, de manera casi intuitiva, algunas canciones que merecen el nombre de tales. En el caso del El Pueblo, probablemente la emoción (melancólica) del poema explica que, sin pensarlo mucho, haya resultado una milonga de esas que Atahualpa Yupanqui me enseñó a apreciar.
Es posible que a estas alturas ya hayas imaginado cual fue el impulso que reprimí mientras escuchaba a Raul Barboza en los estudios de Radio Latina. Cuento corto. Días después me animé, lo llamé y le conté la historia. A la que respondió con un inmediato y entusiasta "¡cuando querás hermanito !". Así fue como una tarde como nos encontramos en los estudios del Boulevard Arago, con la idea de "echarle una mirada al tema para ver qué resulta".
Mientras Bertrand Beuf, viejo amigo y compañero de aventuras radiales y musicales instalaba los micrófonos, Raúl me pidió que le comentara de qué iba la canción y que se la cantara. No alcancé a ir mas alla del refrán. Tomó un par de notas en la hoja que yo le di con el texto y los acordes y y me dijo "yatá, hagámosla una vez para ensayar y luego la grabamos". Bertrand, que entretanto había instalado los micrófonos y efectuado una rápida prueba de sonido, decidió grabar el "ensayo".
Hicimos el tema entero y todo fluyó de tal modo que al terminar la canción quedamos los tres silenciosos, como hipnotizados por una resonancia eterna, en una especie de estado de gracia que nadie se atrevía a romper. Hasta que Bertrand dijo, ¿escuchemos ?
Escuchamos. Yo, emocionado hasta los zapatos. Raúl y Bertrand, atentos y tan sorprendidos como yo de lo que acabábamos de hacer. Sin pensarlo, automáticamente, mientras la escuchábamos por segunda vez empezamos a guardar los instrumentos. No teníamos duda alguna. El "ensayo", el "esbozo", había resultado ser la obra definitiva gracias al talento y la generosidad de Raul y a la complicidad y la sensibilidad musical de Bertrand. Meses después nos volvimos a encontrar y a tocar juntos y Raúl me propuso que volviéramos a grabarla junto a las demás canciones. Le agradecí pero rechacé su ofrecimiento. Nada podría superar a lo que habíamos hecho y vivido en los estudios de Radio Latina.
En estos días en que Raúl anda una vez más de gira por su país, quise compartir estos recuerdos y este "Pueblo" único. Contigo y los destinatarios habituales de estas "Cartas desde lejos" y con todos aquellos que tengan la suerte de encontrar en su camino al gran Raul Barboza.
Mientras tanto, te invito a escucharlo aquí mismo